Una terrible verdad

Entre pensamientos aciagos, dudas y el peso de los misterios, cada  vez más profundos  y tortuosos, mis pies me dirigen de nuevo a la mullida moqueta del tercer piso del hotel Ágata, casi sin la intervención de mi voluntad. Siento el tácto frío y áspero del sobre repleto de los descubrimientos de Rentin en la fábrica, pegado a mi piel, allí donde lo metí apresuradamente. Cruzo la puerta y me tiro como un peso muerto sobre la cama, que ahora se me antoja comodísima, como una figura de plumas que me susurra canciones de cuna y me invita a abandonarme al descanso.

¿Qué esconden las paredes de ésa fábrica? ¿A qué demonios se refería Rentin con que la isla me había reclamado? ¿Qué sinsentido era aquel? Y aquella mujer, Kassandra… Cuanto misterio encerraba aquel abrigo largo, esa capucha y ésos ojos antiguos… ¿Qué había tan terrible en ella? ¿Cual ha sido su delito?

No soy capaz de imaginar siquiera una respuesta lógica a ninguna de ésas preguntas, es todo tan irreal…

Saco el pliego de folios y los desdoblo. Un primer vistazo rápido me deja ver decenas de diagramas y pequeños planos, rodeados de apretados párrafos que la fatiga me impide leer, letras que bailan ante mi vista. Los diagramas me muestran máquinas, pequeñas agrupaciones de extraños caracteres, secuencias de líneas, curvas y números que no alcanzo a entender. Los planos me describen trazas de la enorme planta de la fábrica, decenas de niveles de intrincados laberintos de habitaciones, almacenes y tuberías…

Nada. No entiendo nada

-¡No entiendo nada! -grito a la soledad de la habitación. Sólo me responde el rápido aletear de un ave alzando el vuelo desde el alfeizar de mi ventana, quizá asustando por mi exabrupto.

Intento concentrar mi vista en el primero de los párrafos, que comienza:

Han pasado ya cuatro meses en los que he actuado como el obrero perfecto que busca Luggash. Una abeja obrera que no dice nada, que no pide nada, que no se queja por nada, que no cuestiona nada. Me he presentado voluntario a todo tipo de tareas, siempre he estado ahí para satisfacer la voluntad de los capataces Y éso me ha permitido moverme por la fábrica si levantar sospechas.

Empiezo a tener un esbozo de qué es lo que busca el Barón en las entrañas de Miitopia. Y saben los dioses que espero equivocarme. Y por si no me equivoco rezo cada día para que Luggash no culmine su plan… o la isla estará acabada. Y con ella todos sus hijos. Todos nosostros moriremos. Todos.

Un escalofrío me recorre la columna vertebral. El día ha sucumbido casi del todo en el exterior. Me veo obligado a acercarme más a la pequeña lámpara que emite su luz desde una mesilla de madera oscura situada en la cabecera izquierda de la cama. La ansiedad que me ha creado éste párrafo ha eliminado mi cansancio por completo. Me siento al borde de la cama y, agarrando con demasiada fuerza las hojas sin proponermelo, me introduzco en la piel de Rentin, caminando sólo por los pasillos sucios de la monstruosa fábrica…

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Fugitiva

Pero poco dura la calma. A los pocos minutos de comenzar a leer las notas apretujadas de Rentin, oigo un ruido de pasos al final de la calle por la que la tal Kassandra -ésa misteriosa mujer- me ha traído. Miro, mientras instintivamente guardo las notas de nuevo en el sobre, antes de meterlo entre mis ropas.

Corriendo, en formación marcial, se acerca un grupo de cinco Miis. Llevan un uniforme de color rojo oscuro, jalonado por varias líneas negras de diferentes grosores. Desde lejor me gritan, instándome a que me detenga, mientras agitan los brazos. En menos de lo que canta un gallo los tengo a todos rodeándome, con cara seria. Uno de ellos saca de un pequeño tubo un rollo de papel, que despliega y me entrega. Es una foto.

-Siento molestarle -dice, haciéndole una seña a uno de los otros agentes; éste le entrega una gruesa libreta-, señor…

-SeROne, soy… -empiezo, poniéndome en pie.

El agente que parece tener la voz cantante abre la libreta por la última página y consulta una lista de nombres. Da unos golpecitos sobre uno de ellos.

-Aquí está. Ha llegado hoy mismo, ¿es así? -afirmo con la cabeza, y él continúa-. Está un poco lejos de su hotel. ¿Qué hace por aquí?

-Yo… me he perdido, tan sólo quería dar un paseo, y…

Pero él me interrumpe, sin ningún interés en mis excusas apresuradas.

-Iré sin rodeos. Hemos recibido un aviso: se ha visto por éstas calles a una fugitiva de la justicia de Villa Lugash. Ahí tiene su fotografía. Mirela bien.

Miro la foto, temiendo quien sería la fotografiada. Kassandra, aquella misteriosa mujer. Como no…

-Ahora piénselo bien. Mire cuidadosamente la foto. ¿Ha visto a ésta mujer o a alguien que se le parezca? -no me pierde ojo, mientras yo miro la foto, con el corazón a punto de estallar en mi pecho e intento poner una cara inocua-. Recuerde, es una peligrosa fugitiva, diga lo que sepa por su seguridad y la de la villa.

Tras unos segundos en silencio, le tiendo de nuevo la foto, negando con la cabeza.

-¿Está seguro? Mirela bien, por favor.

-No -vuelvo a negar con la cabeza-. No, lo siento.

Me mira durante un instante incómodamente largo, mientras yo hago esfuerzos por no perder la compostura, hasta que al fin enrolla de nuevo la foto y la introduce de nuevo en el cilindro. Me hace un gesto indicándome la calle por la que han llegado.

-De todas formas, tenemos órdenes de asegurarnos de que los nuevos candidatos no tengan ningún percance, así que le acompañaremos de nuevo a su hotel, no es bueno que deambule sólo por éstas calles, ¿de acuerdo? -dice en un tono que no admite ninguna réplica-. Destrás de usted, SeROne.

Así que, sin nada que poder hacer, asiento y me pongo a caminar de nuevo al centro de la villa escoltado por la cuadrilla de agentes. Miro por última vez la encrucijada de calles. ¿Qué significaría ésa extraña carta de Rentin? ¿Tendrían algo de verdad sus palabras o son tan sólo desvaríos de un Mii enloquecido? ¿Héroes? ¿Una isla moribunda?

¿Y qué escondería ésa misteriosa Kassandra?

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Los héroes de la isla

Cojo el sobre con manos firmes y no puedo evitar soltar un grito de rabia, que en medio de ésas calles silenciosas suena desorbitadamente alto. Unas aves alzan el vuelo y se internan entre las ramas del bosque, asustadas.

“¡Demonios! ¡Estoy cansado! ¡Cansado”, pienso para mi, mientras intento tranquilizarme y abro el sobre verde. “Cansado que que juegen conmigo, cansado de no saber a donde conducen mis pasos. Cansado de no saber qué hacer… ¡¿Qué queréis de mi?!”

Respiro profundamente varias veces, con los ojos cerrados, hasta que mi pulso y mi respiración se tranquilizan. Cuando por fin recupero el dominio de mi mismo, saco las hojas que contiene el pequeño sobre. Son varios folios doblados, repletos de letra apretujada. Es la caligrafía de Rentin, la misma que ví en el sobre de la casa y en el resto de sus misivas. Uno de los folios -el superior- está escrito con una letra más cuidada, y tiene un color levemente diferente al resto de las hojas, que están sucias y arrugadas.

Empiezo a leer con ansia la primera hoja:

Hola, querido SeROne.

Seguramente te estarás preguntando por qué estás aquí, en ésta isla, lejos de tu hogar. Por qué aparecí de repente en tu vida, y por qué te ofrecí dejarlo todo. Te diré por qué. Dos son las razones: la primera, es porque sabía que dirías que si; la segunda, es porque Miitopía te reclama.

Si, has leído bien. La isla está enferma. La isla se está muriendo, asesinada lentamente y en silencio por ésa sombra misteriosa que es Lugash. Miitopía necesita defenderse, y ha elegido ya sus guerreros. No estamos solos, hay muchos escogidos más realizando su tarea en la isla. No puedo decir quienes son, pues lo desconozco, pero sé que están allí.

Mi función era traerte a la isla. Miitopía así lo demandó y yo obedecí. Es por eso que ahora estás leyendo ésta carta. Busca a Kassandra, ella te llevó a ésta carta, y ella te ayudará a cumplir los designios que la isla te tiene preparados. Sean cuales sean; quizás -no, seguro- ahora estés confundido. Yo lo estuve durante muchos años hasta que entendí el mensaje de la isla. Pero un día lo verás claro y sabrás que hacer. El camino se te iluminará claro y recto, como si siempre hubiese estado ahí. La isla tiene que prepararte…

Yo… tan sólo vi tu imagen, y todo llegó a mi mente. No, más bien, siempre había estado allí…

Pasé muchos años en el vientre de ésa fábrica, y en lo más profundo de la herida del bosque. Anoté toda la información que pude, lo que pasaba ante mis ojos. Y aunque no pude salvar todo lo que descubrí cuando escapé de las garras de Lugash, pude reescribir algunas notas apresuradas antes de terminar mi misión para la isla y desaparecer para que tú regresases. Léelas, espero que iluminene algo las tieblas que ahora te rodean.

Por favor, atiende la llamada de Miitopía, o si no ella morirá, y con ella morirá algo mucho, mucho más importante. Busca a Kassandra y escucha sus palabras.

Suerte, SeROne, suerte…

Con un nudo en la garganta, aparto la misiva de Rentin. Mirando el manuscrito -el resto de las hojas del sobre-, busco un lugar cómodo donde poder sentarme y enfrentarme a su lectura. Mientras, a mi espalda, el sol de la tarde comienza a morir lentamente…

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Un laberinto de callejones

Tras comer algo en el restaurante del hotel Ágata, encamino mis pasos erráticamente por las calles de Villa Lugash. Y aunque camino lento, sin ningún rumbo definido, me doy cuenta de que mis pasos me conducen inconscientemente a la profunda brecha en la isla. El olor acre del humo de la mostruosa fábrica comienza a atacar mi nariz, mientras la mirada vacía de las ventanas cerradas de la mansión del conde no deja de clavarse en mi desde la altura de su peña rocosa.

Las calles, ya vacías de por si a mi llegada a la villa, se van vaciando más y más mientras camino por los callejones estrechos que han formado las casas apiñadas y construidas de cualquier manera, hasta el punto que en muchos de ellos no veo nada más que algún gato esquivo. Observo que casi todos los postigos de las ventanas están cerrados, y que no oigo ruído de conversaciones, o de música. No siento vida entre esas gentes cansadas.

Al final de uno de esos callejones, bebiendo de una pequeña fuente adosada a una de las paredes del callejón, veo a una figura pequeña, cubierta por un abrigo largo con capucha pese al buen clima de la isla. Cuando me separan aún algunas decenas de metros de la silueta, ésta deja caer el agua que llena el cuenco formado por las palmas de sus manos y me mira. Me mira con la mirada más profunda con la que nadie me ha mirado jamás. Me mira con la mirada más sabia con la que nadie me ha mirado jamás. Me taladra con unos ojos color ambar que parecen observar mi pasado, mi presente y mi futuro. Mi interior, mis secretos más ocultos, mis silencios quedan desvelados ante esa mirada de medusa. No puedo evitar estremecerme… y tampoco puedo evitar seguir mirando el interior del pozo de esas pupilas. Ribeteando el rostro en el que se enmarcan aquellos ojos terribles y hermosos, una cascada de pelo oscuro se derrama, escapando de la prisión de la capucha.

Aquel breve contacto visual pareció durar eones, aunque sólo fue un instante en realidad. Ella me sonrie brevemente y de repente echa a correr, con su abrigo largo ondeando al viento tras ella.

-¡Ey! ¡Espera!

Sin saber muy bien por qué, echo a correr tras aquel misterioso Mii. Aunque parece correr como una gacela, y se mueve en el laberinto de las callejuelas con destreza, siempre veo el extremo ondeante de su capa en el siguiente recodo del camino que he de tomar. Algo dentro de mi, muy profundo, hace sonar las alarmas. Trampa… Encerrona… Pero no puedo evitarlo, sigo corriendo tras la silueta…

…hasta que ésta desaparece del todo en un cruce de 5 caminos. Por mucho que mire al extremo de las calles no soy capaz de encontrar ninguna pista de su paradero. Miro a mi alrededor. No conozco el sitio donde estoy, pero parece que me he alejado de la enorme fábrica, y estoy a pocas calles del extremo de la villa, cerca de los árboles del bosque. En el suelo, justo en el centro de la encrucijada, hay un pequeño sobre de un color verde pálido, con un nombre garabateado en letras grandes:

Rentin

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Un día por delante

La cola de Miis se reduce rápidamente, y nadie más se une a ella en los escasos minutos que pasaron hasta que la recepcionista, una Mii delgada, con un rostro suave y hermoso, afeado por unas tremendas ojeras y por ése mismo gesto de hastío que todos los habitantes de Villa Lugash parecen tener. Me mira y, antes de que pueda abrir la boca, repasa en un instante una lista de nombres impresa en una hoja y en la que tan sólo una línea falta por tachar.

-¿Serone, no es así?

-Pues sí, es mi nombre, señorita -sonrío cordial, pero no recibo ninguna respuesta. La pobre mujer parece incapaz de cambiar el gesto triste de su rostro.

Garabatea algo en una hoja de papel amarilla y me la tiende.

-Tengo que pedirle disculpas en nombre del conde, pero hoy no podrá atender todas sus reuniones personales. Tendrá que esperar hasta mañana, Serone, espero que no sea un problema para usted.

-Oh -miro el papel que me ha tendido. Parece una extraña carta de pago, con el rostro del conde grabado en el fondo y un sello bajo las letras escritas apresuradamente por la recepcionista.

-Pero no se preocupe. Si desea quedarse y aguardar su cita con el conde en villa Lugash, tendrá una habitación a su disposición en el hotel Ágata. Ya le están esperando, Serone. ¿me permite que le indique como llegar?

Asiento, guardándome la carta de pago en el bolsillo, y escucho sus indicaciones. Tras ello se despide de mi y, invitándome suavemente a salir, veo que cierra la oficina con movimientos lentos mientras yo me alejo hacia las afueras de la villa siguiendo el camino que ella me indicó. Al fin veo la gran mole del hotel Ágata; un edificio moderno y desprovisto de todo posible buen gusto estético, pero con diferencia mucho más acogedor que el resto de la villa gracias al barullo de risas que salen del interior.

Un mii joven sale a recibirme cuando cruzo el amplio vestíbulo, con una sonrisa pintada en el rostro. No puedo evitar que me caiga bien al instante. Le enseño la carta de pago y, asintiendo, coge una llave del mostrador y me acompaña a una de las habitaciones del tercer piso, marchándose silenciosamente tras recibir su propina.

Cierro la puerta y me dejo caer sobre la mullida cama, repasando los acontecimientos del día. A través de la ventana aún se cuela un torrente de luz, es pronto y quedan muchas horas hasta la cita del conde.

-¿Por qué desaprovecharlas? -me digo bajito a mi mismo-. ¡Tengo una villa entera que investigar!

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La herida del bosque

El bosque transcurre lentamente al otro lado de las ventanas del autobús. Y, recostado en el asiento del vehículo medio vacío, medio despierto y a la vez medio dormido, veo como en un sueño el monótono paisaje de frondosos árboles, tupidos arbustos bajos y coloridas flores, tan sólo roto en escasas ocasiones por algún animal disperso, y cada vez más esquivo a medida que nos vamos adentrado en el bosque.

La única cosa que me hizo abrir los ojos y disipar el neblinoso velo del sueño pasó ante mi tras algunas horas de camino. Entre las ramas de los árboles se veía, semicubierta por largos dedos de hiedra, la silueta de lo que parecía ser un ruinoso templo. No ví ningún emblema religioso, por lo menos ninguno que supiese reconocer. Tan sólo unas franjas de extraños símbolos adornaban la desnuda fachada de roca clara y pulida. Sentí entonces una extraña sensación, como si alguien o algo me observase, una sensación que no se disipó hasta que aparté la mirada del templo, intranquilo. A mi alrededor ninguno de los viajeros parecía haber experimentado esa sensación.

Aún ahora, tras abandonar el autobús en la plaza principal de la novísima e impersonal Villa Lugash, sigo percibiendo esa sensación cuando revisito el templo en mi memoria. Tendré que curiosear más adelante.

A mi alrededor un considerable cúmulo de casas bajas y recién construidas se apiña alrededor de una impresionante mansión de apariencia oscura y ominosa. La piedra de sus muros, oscurecida por el tiempo y por el humo que vomita a raudales y sin descanso una gran chimenea procedente de una enorme fábrica que vigila la villa junto a ella, parece tener tantos años como la misma isla. Y al lado de la gran fábrica, una profunda herida se ha abierto en el bosque, en forma de una enorme excavación. Desde el autobús puedo ver cómo cientos de camiones suben y bajan sin descanso desde lo profundo de la excavación -profundidad que no alcancé a divisar desde el otro lado de las ventanas del autobús- hasta las fauces abiertas de la fábrica.

Empiezo a andar hasta uno de los edificios, intentando no respirar el viciado aire. Me encuentro con pocos Miis en mi camino, y aunque los saludo a todos entusiásticamente tan sólo recibo a cambio tenues y desganadas réplicas. Todos parecen tan… cansados…

El edificio ante el que me detengo está pintado de ocre y es bastante más grande que las viviendas que componen la villa. Miro el enorme cartel que alienta a los visitantes a unirse a la familia del conde Lugash y aprovechar las enormes ventajas de trabajar en la excavación y de vivir en Villa Lugash. Me recuerda -y no puedo evitar un escalofrío- a la propaganda bélica de las brigadas de alistamiento. Al lado del cartel hay una puerta abierta de la que sale una pequeña cola de gente. Encima de la puerta un rótulo grita con letras blancas: “Recepción de trabajadores”.

Doy un último vistazo a la plaza principal, desalentado, y resoplando me pongo tras el último Mii de la cola, sin tener muy claro qué me deparará todo esto.

-¡A ello, Serone! -me susurro a mi mismo-. A ello…

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Una cita con el Barón

…hasta que reparo en Rentin. Si, él, el que me trajo a Miitopia. La última víctima de la excavación. Recuerdo el artículo del periódico mientras salgo por la puerta… y veo que tengo la llave ante mi para investigar mi llegada a Miitopia y todo lo que rodea a ésa misteriosa excavación mientras me aseguro un plato caliente en ésta isla: trabajar en la excavación.

Con la ayuda del navegador de internet de la consola Wii (cómo me gusta ése cacharro, aunque me esté empezando a acabar los títulos interesantes… y no han sido muchos) busco una forma de llegar a Villa Lugash; es sencillo, el Barón se ha encargado de que todos aquellos que deseen trabajar para el puedan hacerlo sin complicaciones. Toda la información que rodea a Villa Lugash y la excavación es como una incitadora invitación. Todo muy meloso. Demasiado meloso. Recuerda a propaganda bélica.

Agarro el teléfono y marco el número que reluce en la pantalla del televisor. Una voz femenina dulce y lenta me responde al otro lado del aparato:

“Oficina de empleo de la excavación. ¿En qué puedo atenderle?”

-Verá. Soy… -empiezo, pensando mis palabras-. He oído de la excavación y querria saber si podría entrar a trabajar en ella.

“Por supuesto, caballero. Pero el Barón se interesa por sus trabajadores, y él mismo se encarga de entrevistar a cada uno de los nuevos candidatos, así que si está interesado, deme su nombre y le emplazaré a una cita.”

-¡Oh, claro! Me llamo SeROne. Y si, estaré encantado en conocer al Barón… y trabajar en la excavación, claro.

“Vamos a ver… SeROne… Perfecto. Pues si le viene bien, el Barón podrá atenderle personalmente mañana mismo.”

-¿Mañana? -sonreí-. Si, mañana me viene perfectamente.

“Perfecto. Pues mañana le esperamos, SeROne”

-Muchas gracias, señorita, allí estaré. Adios.

Cuego lentamente el teléfono, con el corazón agitado. Ahora todo comienza, he encontrado el inicio del ovillo de lana del misterio que me trajo a Miitopia, que ha cambiado mi vida por completo. Mañana quizás la charla con el Barón me aclare qué demonios pasa en ésa excavación, qué secreto esconde ésta isla…

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De puerta en puerta

Salí de la cafetería con una única idea en la cabeza: ir a esa excavación, adivinar más sobre ese extraño caso que el periodista denunciaba entre su crónica. Es la única pista para averiguar qué pasó alrededor de mi estraña llegada a Miitopia.

Pero ahora, en casa, pensando friamente, veo que he de hacer las cosas bien. Tendré tiempo más adelante para averiguar todo lo que pueda sobre ese misterioso barón Lugash.

Ahora me toca salir de casa unos cuantos días, ir de puerta en puerta y buscar cual es mi sitio en ésta isla…

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Extrañas noticias en el periódico

Ayer, cuando apagué aquel delicioso aparatejo blanco, me tiré en la cama. Estaba rendido, era tan cómoda… No pude evitar quedarme dormido. Y debía de estar tremendamente cansado, pues he reparado en que me quedé dormido cuando el reloj de la alta torre que domina una de las dos plazas de la ciudad Esmeralda me ha despertado marcando 9 campanadas.

Ahora camino despacio, desperezándome, entre las habitaciones aún desconocidas de mi nuevo hogar. Y cuando me suenan las tripas reparo en que tendré que buscar un trabajo. Aunque cambié gran parte de mis ahorros en moneda local con la tripulación del barco que me trajo a Miitopia, no iba a durar para siempre.

Salgo al exterior y miro a un lado y al otro de la calle, que hierva bajo un sol abrasador. Al final de ella veo una pequeña y acogedora cafetería, a la que me dirijo al son del rumor del hambre. Un mii encantador me sirve una deliciosa taza de café y un par de bollos recién horneados, mientras se aparta de la cara los rizos que a ratos cubren una franca y abradable sonrisa. Suspiro mirando al techo durante unos segundos, pago y se lo agradezo antes de lanzarme sobre los manjares que me clavan su aroma como estacas.

Entre mordisco y mordisco reparo en que un par de periódicos están amontonados descuidadamente al final de la barra.

-¿Puedo? -le pregunto a la camarera, señalando con un gesto los periódicos.

-¡Claro! -me indica ampliando la sonrisa que nunca parece abandonarle el rostro, y sigue con sus quehaceres tarareando bajito una canción de cuna, o algo similar.

Hojeo los periódicos mientras termino de masticar los últimos trozos de los bollos y apuro el café. Al parecer no todo es tan bonito y tranquilo en Miitopia. El periódico deja ver pinceladas negras entre los sucesos cotidianos de una congregación más o menos pequeña.

Leyendo las noticias veo que en la isla de Miitopia hay dos grandes ciudades. Una de ellas es en la que me encuentro, la Ciudad Esmeralda, y la otra, en el otro extremo de la isla, se llama la Ciudad Diamante. Y alrededor, entre los blosques de altas palmeras que separan ambas ciudades, al parecer se pueden encontrar varios pueblecitos pequeños pequeños y acogedores. O casi todos lo son, pues gran parte de las noticias negativas de la isla involucran a los aldeanos de una villa llamada Lugash, egocéntrico homenaje al Mii que la fundó y cuya mansión domina la villa.

Puedo leer en el periódico que la ola de desapariciones que comenzaron hace tres años, con la llegada del Barón a Miitopia, lejos de detenerse se ha ido continuando, poco a poco. El periodista remarca cómo antes de la llegada de Lugash Miitopia apenas podía lamentar muertes naturales y accidentes desafortunados. No podía -presuponía en lo que era una acusación directa- se una coincidencia.

Al parecer el Barón, después de vivir toda la vida lejos de Miitopia, compró una gran cantidad de tierra a un anciano pariente que falleció al poco de asentarse en sus nuevos dominios. El Barón vino con muchos miis de confianza, y ofreció trabajo a varios de los lugareños en un extraño proyecto que llevaba a cabo en medio del bosque que rodeaba su mansión: una extraña excavación que empezó apenas algunos meses después de su llegada y aque aún se mantenia activa. Alrededor de la mansión fundó la villa Lugash, donde dió un hogar a sus secuaces y a la gente de la isla que decidió mudarse con el para trabajar en su excavación.

Al final del artículo habla del último desaparecido. Y en ése momento me alegro de haber acabado ya mi desayuno, pues me hubiese atragantado con el:

“El último desaparecido en extrañas circunstancias, sin dejar ningún rastro, fue Rentin, uno de los pocos trabajadores de la excavación del Barón Lugash que había abandonado su trabajo, algunos meses antes. Lo único que se sabe es que, tras abandonar al Barón decidió cambiar la titularidad de propiedad de su hogar en la calle Victoria a favor de un Mii que aseguró que pronto vendría a la isla. Y manifestó a sus conocidos su deseo de marchar de la isla, pero los servicios portuarios afirman que jamás llegó a embarcar en los servicios regulares que salen de los puertos de Miitopia. Nada se sabe desde que…”

Dejo el periódico asombrado, olvidando que lo había cogido para buscar algún anuncio de trabajo…

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Habitaciones casi vacías

Me quedo un rato mirando una y otra vez el sobre, pero tan sólo esa escueta frase está escrita. Tanteo el interior, algo pequeño se perfila en el papel. Abro el sobre con cuidado para sacar una llave metálica, y me guardo con cuidado el sobre en el bolsillo. Al menos la frase está escrita a mano, quizás pueda empezar a tirar por ahí de la madeja de éste enigma.

Inserto la llave en la cerradura; encaja perfectamente, como era de esperar. Y el click que suena al desbloquear la cerradura suena a nuevo inicio, a recuerdos enterrados, a kilómetos por medio, a cartas no escritas que nunca se escribirán a imágenes borrándose… Empujo la puerta y ntro al fin, cerrándola de nuevo a mi espalda.

Recorro varias habitaciones casi vacías, de paredes pintadas con un verde pálido. Es el color que ella y yo elegimos para pintar nuestra casa, pienso sorprendido. Exato, el mismo todo, el mismo… Cambio entre las habitaciones rozando las paredes con la yema de los dedos. Una espartana cama, una mesa de madera con algunas sillas, un enorme sótano fresco, poblado únicamente por una enorme mesa de roble viejo y oscuro. Y en la buhardilla una blanca habitación que contrasta con el resto de la casa por tener una cómoda butaca blanca, una pequeña mesita blanca, una enorme televsión blanca y una estantería del mismo color.

Veo con curiosidad unos pequeños aparatos que descansan al lado de la enorme televisión. Alguna vez oí hablar de ellos en la gran ciudad. Videoconsolas; una hermosa Wii y la pequeña gran DS, ambas del mismo todno blanco que el resto de la habitación. En la estantería varias cajitas guardaban una enorme cantidad de discos y cartuchos. No pude ev itar esbozar una sonrisa.

Me derrumbé en la cómoda butaca del ático y cerré los ojos. El sótano es perfecto para mi laboratorio, pienso, por fin podré tener uno como siempre he querido, como el que iba a tener en aquella nueva casa que nunca fue… Aquel hogar soñado. Si así será…

-¿Quien demonios habrá montado todo esto? -digo en voz alta, casi sin darme cuenta-. ¿Quien me quiere aquí? ¿Para qué?

Y, alargando la mano hacia la pequeña DS, decido relajarme mientras pulso el interruptor de la pequeña blanca…

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