Un día por delante
Escrito por Dr. SeROne el 05-11-2008, 15:04
La cola de Miis se reduce rápidamente, y nadie más se une a ella en los escasos minutos que pasaron hasta que la recepcionista, una Mii delgada, con un rostro suave y hermoso, afeado por unas tremendas ojeras y por ése mismo gesto de hastío que todos los habitantes de Villa Lugash parecen tener. Me mira y, antes de que pueda abrir la boca, repasa en un instante una lista de nombres impresa en una hoja y en la que tan sólo una línea falta por tachar.
-¿Serone, no es así?
-Pues sí, es mi nombre, señorita -sonrío cordial, pero no recibo ninguna respuesta. La pobre mujer parece incapaz de cambiar el gesto triste de su rostro.
Garabatea algo en una hoja de papel amarilla y me la tiende.
-Tengo que pedirle disculpas en nombre del conde, pero hoy no podrá atender todas sus reuniones personales. Tendrá que esperar hasta mañana, Serone, espero que no sea un problema para usted.
-Oh -miro el papel que me ha tendido. Parece una extraña carta de pago, con el rostro del conde grabado en el fondo y un sello bajo las letras escritas apresuradamente por la recepcionista.
-Pero no se preocupe. Si desea quedarse y aguardar su cita con el conde en villa Lugash, tendrá una habitación a su disposición en el hotel Ágata. Ya le están esperando, Serone. ¿me permite que le indique como llegar?
Asiento, guardándome la carta de pago en el bolsillo, y escucho sus indicaciones. Tras ello se despide de mi y, invitándome suavemente a salir, veo que cierra la oficina con movimientos lentos mientras yo me alejo hacia las afueras de la villa siguiendo el camino que ella me indicó. Al fin veo la gran mole del hotel Ágata; un edificio moderno y desprovisto de todo posible buen gusto estético, pero con diferencia mucho más acogedor que el resto de la villa gracias al barullo de risas que salen del interior.
Un mii joven sale a recibirme cuando cruzo el amplio vestíbulo, con una sonrisa pintada en el rostro. No puedo evitar que me caiga bien al instante. Le enseño la carta de pago y, asintiendo, coge una llave del mostrador y me acompaña a una de las habitaciones del tercer piso, marchándose silenciosamente tras recibir su propina.
Cierro la puerta y me dejo caer sobre la mullida cama, repasando los acontecimientos del día. A través de la ventana aún se cuela un torrente de luz, es pronto y quedan muchas horas hasta la cita del conde.
-¿Por qué desaprovecharlas? -me digo bajito a mi mismo-. ¡Tengo una villa entera que investigar!
